
La reciente muerte de personas que acudieron a terapias intravenosas con vitaminas para combatir la fatiga ha reavivado un debate urgente sobre los límites entre la medicina basada en evidencia y prácticas que, bajo apariencia clínica, operan sin sustento científico ni regulación efectiva.
El infectólogo y ex comisionado nacional de salud, Alejandro Macías Hernández, lanzó una advertencia contundente: calificó estos procedimientos como “charlatanería” y alertó que, lejos de ofrecer beneficios comprobados, pueden derivar en complicaciones graves e incluso mortales.
El especialista explicó que la principal preocupación radica en la vía de administración. A diferencia de suplementos orales, las terapias intravenosas introducen directamente sustancias al torrente sanguíneo, “el sancta sanctorum del organismo”, lo que elimina las barreras naturales de defensa. En este contexto, cualquier contaminación puede desencadenar infecciones sistémicas de rápida evolución.
Más allá del riesgo infeccioso, Macías detalló una lista de posibles efectos adversos: flebitis, trombosis, reacciones alérgicas —incluso a las propias vitaminas— y sobrecargas de volumen o electrolitos, especialmente peligrosas en personas con enfermedades previas. Estos riesgos se agravan cuando los procedimientos se realizan en espacios no médicos como spas, gimnasios o domicilios particulares, donde las condiciones sanitarias son inciertas.
El caso pone en evidencia una problemática mayor: la creciente popularidad de tratamientos “alternativos” que se promocionan como soluciones rápidas para el cansancio o el estrés, en un mercado que capitaliza la desinformación y la falta de vigilancia sanitaria. La narrativa del bienestar inmediato, impulsada en redes sociales, contrasta con la ausencia de evidencia clínica que respalde estas prácticas.
Paradójicamente, la terapia intravenosa sí es una herramienta fundamental en la medicina moderna, pero exclusivamente en entornos hospitalarios y bajo supervisión profesional. Fuera de ese contexto, su uso se convierte en un riesgo innecesario.
La advertencia de Macías no solo apunta a los pacientes, sino también a las autoridades: la línea entre innovación y negligencia se vuelve difusa cuando no existen controles claros. En este escenario, la salud pública enfrenta un desafío doble: contener los daños inmediatos y combatir la desinformación que los hace posibles.
