
Después de tantos cuestionamientos, hoy por fin la alcaldesa de Irapuato, Lorena Alfaro, decidió mover una pieza clave de su gabinete: la Secretaría de Seguridad Ciudadana. El anuncio de la llegada de María del Consuelo Cruz Galindo como nueva titular suena, al menos en el papel, a una respuesta a lo que muchos ciudadanos venían exigiendo desde hace meses: un golpe de timón ante una estrategia que simplemente no estaba dando resultados.
Pero el problema no es el cambio. El problema es el tiempo en que llega. Porque cuando las decisiones se toman solo después del desgaste, del hartazgo ciudadano y de la presión mediática, dejan de ser estrategias y se convierten en reacciones.
Lorena Alfaro llega tarde. Tarde a reconocer que Irapuato no se siente seguro. Tarde a aceptar que los números y las calles no mienten. Y tarde a entender que en materia de seguridad, los discursos ya no alcanzan.
Ciertamente, María del Consuelo Cruz no es una improvisada. Su paso por la Secretaría de Seguridad en Puebla le da experiencia y conocimiento del terreno. Pero también enfrenta un reto enorme: recuperar la confianza de una población que se siente olvidada, y hacerlo en una administración que ya carga con la etiqueta del “fracaso en seguridad”.
El cambio en la cabeza de la policía no borra las cifras, ni los hechos violentos que marcaron los últimos meses. No desaparece la percepción de miedo que se respira en colonias, en los negocios o al salir de casa. Tampoco cambia la realidad de una corporación que, aunque ha tenido esfuerzos de profesionalización, sigue arrastrando desconfianza interna y hacia afuera.
Y aquí surge una pregunta inevitable:
¿este cambio será un punto de inflexión real o solo un movimiento político para intentar salvar la imagen de un gobierno que se desmorona en el tema más sensible?
Si la nueva titular llega con libertad para actuar, para limpiar, para innovar, tal vez todavía haya esperanza. Pero si su margen de acción estará limitado por el control político o el temor a reconocer errores, entonces el cambio será más de forma que de fondo.
Irapuato no necesita un relevo de escritorio. Necesita una estrategia valiente, cercana, y sobre todo honesta. Una que reconozca que la seguridad no se construye desde el blindaje de una oficina, sino en la calle, en la escucha y en la confianza.
Porque los irapuatenses no quieren comunicados. Quieren resultados. Y esos, hasta ahora, siguen siendo la gran deuda de esta administración.
